De un proyecto personal a Black Raven
La historia de Black Raven comienza antes del nombre que hoy identifica al gimnasio. Dino Calzolari, profesor y fundador del proyecto, ya venía trabajando con su propio espacio de entrenamiento cuando en 2022 un viaje a Santiago de Compostela terminó influyendo en una decisión que cambiaría la identidad del negocio.
Durante ese viaje, Calzolari realizó el Camino de Santiago y encontró allí la inspiración para redefinir el nombre y la imagen del gimnasio. De esa experiencia nació Black Raven, una identidad construida alrededor del símbolo de Compostela y la figura del cuervo negro, con un significado personal para su fundador.
El nuevo nombre comenzó a utilizarse en 2023, año que los socios toman como punto de partida de la actual etapa del proyecto.
La transformación no implicó solamente un cambio de identidad. También significó remodelar el espacio de Costanera, sumar equipamiento, incorporar más carga y aprovechar sectores que hasta entonces no estaban siendo utilizados, como el patio.
“Lo que motivó fue seguir avanzando y confiar en el proceso que podía seguir”, explica Calzolari.
La propuesta continuó teniendo como eje el entrenamiento funcional, pero con una mirada puesta en algo que hoy aparece como una de las principales características del negocio: el acompañamiento personalizado del alumno.
El segundo paso: una sociedad que cambió la escala del negocio
El siguiente capítulo llegó con Julián Brandt, contador y hasta entonces alumno y amigo de Dino.
La sociedad comenzó a tomar forma a partir de una conversación informal, cuando Calzolari le contó el proyecto. Brandt vio allí una oportunidad de negocio y, al mismo tiempo, una posibilidad de aportar una mirada diferente a la gestión.
El desembarco de Brandt coincidió con el desarrollo de la segunda sede, en Paseo del Molino.
La sociedad permitió dividir responsabilidades y complementar perfiles: mientras Calzolari mantiene una fuerte presencia en el entrenamiento, el vínculo con los alumnos y la definición de la propuesta deportiva, Brandt tomó mayor participación en administración, comercialización, marketing, sistemas y procesos.
“Cada cual confía en lo que hace el otro”, resume Julian, sobre una de las claves de la sociedad.
La incorporación de procesos fue, justamente, uno de los mayores cambios que atravesó el proyecto. Porque pasar de manejar un gimnasio a administrar dos sedes implicó modificar horarios, equipos, mantenimiento, limpieza, inversiones y, fundamentalmente, la forma de organizar el trabajo.
De un gimnasio a una estructura con casi 20 personas
La apertura de Paseo del Molino llevó la operación a otra escala. La sede funciona actualmente de lunes a sábado, con una amplitud horaria que llega desde las 6 hasta las 22, lo que demanda una estructura de profesores, mantenimiento y limpieza mucho mayor que la de los comienzos.
El equipo está compuesto por ocho personas entre socios y profesores, mientras que, considerando servicios y profesionales vinculados al funcionamiento del negocio, son cerca de 20 las personas que trabajan directa o indirectamente para Black Raven.
La dimensión del equipo también obligó a formalizar procesos: Hay mantenimiento semanal de las máquinas, limpieza varias veces por semana y profesores asignados a las salas. En los horarios de mayor demanda de musculación se incorporan dos profesores para poder acompañar a los alumnos. Cada integrante del equipo tiene responsabilidades definidas. Y hay una premisa que ambos destacan: que quienes trabajan en Black Raven puedan crecer junto con el proyecto.
“Muchas veces se piensa que un gimnasio es algo más informal, pero realmente no. Hoy tenemos casi 20 personas vinculadas al proyecto y eso conlleva tener procesos”, plantea Brandt.
El objetivo no es solamente conseguir una inscripción, sino lograr que la persona incorpore el entrenamiento como un hábito. Un punto diferencial para ambos: el vínculo con el alumno. Por eso, al ingresar, el equipo busca conocer su objetivo, experiencia previa, edad y antecedentes de lesiones, información que permite adaptar el entrenamiento y diseñar una propuesta acorde a sus necesidades y posibilidades. Una parte importante de quienes llegan a Black Raven son principiantes, un segmento que, para los socios, requiere especialmente acompañamiento y seguimiento.
“Queremos saber cuál es el objetivo real del alumno y acompañar ese proceso”, señala Calzolari.
La lógica también se extiende a la generación de comunidad. Los horarios fijos favorecen la creación de grupos, vínculos y compañerismo entre quienes entrenan juntos. En ese sentido, la fidelización aparece como una de las principales inversiones del negocio.
Fruta, café y mates: la estrategia para construir comunidad
Para Black Raven, fidelizar no significa solamente lograr que un alumno renueve su cuota, sino conseguir que el entrenamiento se convierta en parte de su rutina y que encuentre en el gimnasio un espacio al que quiera volver. Por eso, la estrategia combina acompañamiento, experiencias y acciones que fortalecen el vínculo entre los alumnos y con la propia marca.
Con esa mirada, durante la semana el gimnasio propone distintas acciones que acompañan la rutina de sus alumnos. El Día de la Fruta pone opciones saludables a disposición de quienes entrenan, mientras que las jornadas de post-entreno suman café y alternativas saludables desarrolladas junto a profesionales y comercios locales. También está el Día del Permitido, una propuesta que busca incorporar el disfrute como parte de una vida saludable.
La última incorporación fue: “Lunes de mates”, una iniciativa que apunta a extender el encuentro más allá del entrenamiento. La idea es que, después de ejercitarse, los alumnos puedan compartir unos mates, conversar y reencontrarse con sus compañeros en un espacio especialmente pensado para eso.
A estas acciones presenciales se suma una herramienta digital. A través de la app de Black Raven, los alumnos acumulan puntos por su actividad y pueden canjearlos por productos del gimnasio e incluso por pases mensuales para cualquiera de las dos sedes.
Fruta, café, mates, beneficios y puntos forman parte de una misma lógica de negocio: no se trata solamente de lograr que una persona se inscriba, sino de ayudarla a incorporar el entrenamiento a su rutina y, al mismo tiempo, construir un vínculo con el lugar y con quienes lo integran.
Equipamiento y profesores
En un negocio donde el equipamiento tiene un peso importante, los socios aseguran que la inversión no se concentra solamente en las máquinas. La capacitación del equipo es uno de los puntos centrales.
Antes de la apertura de la sede de Paseo del Molino se realizó una capacitación específica para los profesores, teniendo en cuenta el desafío que implicaba abrir un espacio de musculación desde cero y recibir gran cantidad de personas. La preparación buscó que el equipo pudiera atender a los usuarios, relevar información y acompañarlos dentro de la sala. En paralelo, el gimnasio incorporó maquinaria nueva y mantiene una política de inversión permanente en equipamiento y repuestos. Para los socios, ambas cuestiones —servicio y máquinas— son parte de una misma ecuación.
Dos sedes, dos públicos y una misma marca
La expansión también generó diferencias entre los públicos de ambas sedes. En Costanera existe una comunidad más consolidada, con alumnos que comparten horarios y forman grupos de entrenamiento. En Paseo del Molino, en cambio, aparece un público con mayor diversidad de horarios, algo que vuelve más desafiante la generación de vínculos estables.
La búsqueda es que ambas sedes funcionen bajo una misma identidad y una misma propuesta.
Lo que viene: seguir creciendo
Después de la apertura de la segunda sede, Black Raven no parece dispuesto a poner un techo al proyecto. Los socios reconocen que todavía no hay una próxima inversión definida, pero sí existe una decisión: seguir creciendo.
La próxima etapa podría tomar la forma de una nueva sucursal, una ampliación de los espacios actuales o la incorporación de nuevos servicios y actividades. Por ahora, ninguna de esas alternativas está cerrada.
Lo que sí está definido es la intención de continuar invirtiendo, incorporar equipamiento, sumar servicios y aprovechar las oportunidades que aparezcan.
“Queremos seguir creciendo, no quedarnos con lo que tenemos”, sostiene Calzolari.
En apenas tres años, Black Raven pasó de ser el proyecto personal de un profesor a convertirse en una estructura con dos sedes, un equipo de trabajo, procesos de gestión y una comunidad de alumnos en crecimiento. La historia que comenzó con un cambio de nombre inspirado en el Camino de Santiago hoy se encuentra frente a una nueva etapa: convertir ese crecimiento en un modelo cada vez más profesional, sin perder el vínculo cercano que dio origen al proyecto.