El #18F, tal como se acostumbra a sintetizar hechos históricos tras el atentado a las Torres Gemelas en EE.UU., tuvo en Córdoba su manifestación principal frente al Patio Olmos.
No fue tan masiva como la de la Ciudad de Buenos Aires. Los medios nacionales hablan de medio millón de personas, casi el doble que las marchas organizadas por Blumberg. La estimación de este cronista, para la capital cordobesa, ronda entre las 7 y 8 mil personas.
Pero ese número no es tampoco menor si la comparación se hace con otras marchas del silencio que sacudieron el espectro político no hace mucho tiempo, como las que se realizaron en Catamarca en honor a la joven María Soledad.
Sin embargo, centrarse en la cantidad es totalmente discutible. Siempre habrá quien acomode el argumento a su conveniencia.
Tampoco hacer foco en la partidización política de la convocatoria. Es natural que ante un encuentro masivo aparezcan los oportunistas que quieran llevar agua para su molino o, por el contrario, que se atribuya a un ciudadano promedio que concurrió a la marcha -como mi esposa, que es docente y no tiene afiliación política- un caracter golpista y destituyente. Ella sólo quiere destituirme cuando llego tarde a casa.
Lo más relevante de la manifestación de ayer en Córdoba no fue la forma, sino el fondo. Su escencia. Fue un encuentro pacífico, donde se pidió que se esclarezca una muerte dudosa de una relevancia institucional histórica. Apareció muerto el fiscal que acusó a la Presidente de encubrir terroristas. Nada más y nada menos.
No se puede negar que la tranquila concentración, donde los únicos símbolos fueron el Hinmo Nacional y la Bandera, estuvo plagada (u "operada", como se prefiere últimamente) de distintas opiniones, diferentes inteciones y diversas cuestiones. Pero también es inegable que fue una manifestación que dejó una clara enseñanza: para construir es necesario una de cal y una de arena.
Guillermo López