Gracias al fenómeno del unboxing, el packaging dejó de ser un simple envoltorio para convertirse en parte de la experiencia de compra, la identidad visual y el relato de marca.
En ese escenario, la startup argentina Mosh avanza con una propuesta que busca reemplazar materiales como el telgopor y otros plásticos de un solo uso por una alternativa sustentable: micelio, la estructura vegetativa de los hongos.
A diferencia de los materiales tradicionales, el de Mosh no se fabrica: se cultiva. Ese punto cambia toda la lógica productiva. Implica trabajar con tiempos biológicos, procesos de incubación, secado y moldeado, además de una cadena operativa distinta a la industria convencional.
El valor detrás del envase
Mosh no trabaja con un catálogo estándar, sino que desarrolla packaging a medida para cada cliente. Las piezas se diseñan según el producto, la protección necesaria y la experiencia que la marca quiere transmitir.
Hoy la mayor demanda llega desde rubros donde el envase también comunica valor: cosmética, vinos, suplementos vitamínicos, joyería y marcas de diseño.
En esos segmentos, el material compite con packagings premium tradicionales, pero con un diferencial: no es un bioplástico y cada pieza puede biodegradarse en aproximadamente 45 días una vez finalizado su uso.
10 veces más caro, 10 veces más valioso
Hoy los desarrollos base de la empresa parten desde aproximadamente $ 4.000 por unidad, según tamaño, complejidad y volumen (900% más caro aproximadamente, pensando en packaging de telgopor pueden rondar desde los $ 400).
Mientras que los desarrollos de piezas personalizadas, pueden alcanzar valores cercanos a $ 50.000 por unidad.
“Mosh propone una alternativa sustentable y funcional que convierte este desafío en una oportunidad: innovar, reducir impacto y generar valor estratégico. Desarrollamos un biocompuesto que iguala el rendimiento de los materiales convencionales, pero se adapta a las demandas de la economía regenerativa del futuro”, afirmó Denise Pañella, diseñadora industrial y cofundadora de la firma.
“Hoy somos competitivos en segmentos donde el packaging es parte del valor del producto —como cosmética, bebidas o lanzamientos— y el foco está en seguir bajando costos a medida que aumentamos volumen”, agregó.
El dato clave está en la materia prima: al trabajar con residuos agrícolas, el insumo base no tiene costo. El desafío pasa por industrializar procesos y trasladar esa ventaja al precio final.
Actualmente, Mosh se encuentra en proceso de expansión de planta y estandarización operativa para aumentar capacidad sin perder calidad. Hoy opera en una escala semi-industrial, con procesos controlados como incubación y secado, aunque todavía conserva etapas manuales en la preparación del material y el moldeado. Produce entre cientos y miles de unidades mensuales, según el tipo de pieza y el proyecto.
El modelo prioriza trabajar con múltiples marcas en crecimiento antes que concentrar capacidad en un solo gran cliente, con el objetivo de expandir el conocimiento del material en el mercado.
Micelio: un universo de posibilidades
Aunque el negocio principal está enfocado en embalaje, el micelio también abre posibilidades en aislación térmica y acústica, arquitectura, interiorismo y diseño de producto.
En paralelo, Mosh funciona como atelier de piezas de arte contemporáneo y objetos de diseño desarrollados a pedido, donde explora nuevas aplicaciones estéticas y funcionales del material.
Muestra de arte presentada en Milán
“Estamos desarrollando una línea de diseño propia, con piezas pensadas para durar en entornos de interior y con una demanda creciente. El concepto es que el objeto dure el tiempo que uno elija usarlo. No es un material que se degrade por sí solo: es estable y duradero. Pero, una vez que deja de tener uso, puede volver a la tierra en lugar de convertirse en residuo”, explicaron desde la empresa.
Ese laboratorio creativo también funciona como área de I+D: muchas de las innovaciones que luego se aplican en packaging nacen justamente en ese cruce entre arte, diseño y materialidad.