El kirchnerismo no entiende al mundo

(Por Pablo Esteban Dávila) En materia de relaciones exteriores el presidente Fernández sobreactúa el dudoso arte de dispararse a los pies. Antes de pavonearse con Maduro o con Putin, la Argentina necesita evitar el default con el FMI y con el Club de París. En ambas instancias son cruciales las muestras de buena voluntad de sus integrantes que, casualmente, son casi todos países occidentales y desarrollados. Huelga decir que el alineamiento argentino con los regímenes más opacos del planeta no contribuye en absoluto a logro de estos fines.

Al menos en materia de relaciones internacionales, el gobierno de Alberto Fernández es coherente: sigue en la misma línea de desaciertos y errores que los inaugurados por sus antecesores Néstor y Cristina Kirchner. Es difícil encontrar otro ámbito de la administración nacional que supere en torpezas al galimatías de la política exterior argentina.

La última perla de la cancillería que conduce Felipe Solá se produjo cinco días atrás, cuando el país votó a favor de la apertura de una investigación sobre posibles violaciones a los derechos humanos en la Franja de Gaza por parte de las fuerzas israelíes en el ámbito del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Previamente, el 11 de mayo, la cancillería ya había condenado el “uso desproporcionado” de la fuerza por parte Israel en aquel territorio.

Dejando de lado la grosería de equiparar a Hamas (una organización terrorista) con Israel -un estado liberal, laico y democrático, la posición argentina adolece de un defecto genético: fue Hamas y no Tel Aviv la que inició la escalada de violencia con el bombardeo indiscriminado contra ciudadanos israelíes. Las naciones tienen derecho a defenderse de las agresiones externas y esto fue lo que hizo el gobierno de Benjamín Netanyahu. Además, y si de violaciones a los derechos humanos se trata, pregúnteseles a las mujeres, los homosexuales y las minorías religiosas como les va con aquel “benévolo” régimen terrorista y con su estado de derecho.

Comprensiblemente, el embajador argentino ante Israel fue citado a brindar explicaciones por el voto argentino. Nadie ignora que el país fue víctima de dos atentados en su propio suelo a manos de otra organización de las tantas que militan en el terrorismo islámico, Hezbolá. Desde esta perspectiva, es incomprensible la posición de Buenos Aires sobre este asunto. Por fuerza de su propia historia, la Argentina debería estar a la cabeza del repudio internacional contra Hamas y sus atropellos a la paz en medio oriente y no andar pidiéndole cuentas a un gobierno democrático por sus decisiones.

Pero no se le pueden pedir peras al olmo. Los K, sencillamente, no entienden al mundo. Ya lo demostró Néstor en 2005 cuando, siendo la Argentina la anfitriona de la IV Cumbre de las Américas, colaboró inequívocamente con Hugo Chávez y el antisemita Luis de Elía para organizar la denominada “Contracumbre” en repudio de los Estados Unidos y de su entonces presidente, Jorge W. Bush. Este encuentro tuvo lugar también en Mar del Plata, la sede del evento oficial. No deben existir muchos antecedentes en el que un mismo gobierno recibe a sus huéspedes para después hostigarlos a través de interpósitas personas.

Fue Néstor quién, en 2007, siguió a Chávez al interior de la selva colombiana para negociar con las FARC la entrega de los rehenes Clara Rojas, su hijo Emmanuel y la excongresista Consuelo González, un acuerdo que el propio gobierno colombiano no avalaba. El resultado de aquella auténtica intromisión en los asuntos internos de otro estado fue el desaire de los guerrilleros, quienes plantaron a los “negociadores” faltando a la cita comprometida. Tanto el argentino como el bolivariano quedaron en ridículo ante el resto del planeta, engatusados por un auténtico cuento del tío de los liderados por Tirofijo Marulanda.

También Nestor resultó ser el dinamitero de las relaciones con Gran Bretaña en torno a las Islas Malvinas. Desde mediados de los ’90, ambas naciones se las habían arreglado para cooperar en el Atlántico Sur bajo el denominado “paraguas” de la soberanía. Sin ser un dechado de virtudes, aquella colaboración permitió, sin embargo, avanzar en proyectos petroleros concretos. Pero el santacruceño, inflamado por un nacionalismo berreta, denunció en 2007 al denominado Acuerdo de exploración y explotación conjunta en materia de Hidrocarburos de 1995, retrotrayendo la relación bilateral a una situación apenas mejor que la de finales de la guerra. Los kelpers, por supuesto, quedaron eternamente agradecidos al líder argentino. El kirchnerismo sigue siendo muy popular en las islas.

Cristina siguió los pasos de su consorte, probablemente con menos estridencia. No obstante, fue muy efectiva al vincular al país con la dictadura venezolana, el totalitarismo cubano, la teocracia iraní (el memorándum sobre la causa AMIA se llevó todas las palmas) y el autoritarismo ruso. También supo profundizar la relación de subordinación económica con China, un país que de democrático tiene muy poco y que sabe exactamente lo que desea del resto, especialmente de los países pródigos en recursos naturales.

Ahora le toca a Alberto continuar aquella saga tan poco memorable. Y avanza sin dudar en la senda ya trazada. A la gafe comentada con Israel le sumó, también recientemente, el retiro de la demanda internacional en la corte de La Haya por crímenes de lesa humanidad en Venezuela. Esto avala, explícitamente, las flagrantes violaciones a los derechos humanos que ejecuta Nicolás Maduro sin despeinarse. Las Naciones Unidas, gracias a un estupendo trabajo de la expresidenta chilena Michelle Bachelet, han documentado prolijamente los asesinatos y excesos de Caracas en contra de su población civil. El canciller Solá, sin embargo, apremiado por La Cámpora y el ala izquierda del Frente de Todos, prefiere imaginar que Venezuela es un paraíso republicano, injustamente vilipendiado por el imperialismo. Raro en un gobierno que conmemora con tanta gravedad el 24 de marzo y las atrocidades de los militares argentinos en el poder contra su pueblo.

Podría seguirse analizando el triste papel de Fernández en relación con el proceso boliviano -que incluye una vergonzosa prisión política de la expresidente Jeanine Añez- o la lamentable diplomacia ideológica que se ha llevado adelante respecto a las administraciones de Jair Bolsonaro y de Luis Lacalle Pou, o de las filminas con las que se comparaban las excelencias argentinas con respecto a las desgracias de Chile o de Suecia en la lucha contra el coronavirus, pero esto sería acumular pruebas para una causas que se encuentra largamente documentada. Lo más preocupante de este extravío conceptual, por caso, no es la estética de la política exterior K, sino la falta de lealtad a los propios intereses del gobierno argentino.

Es en este punto donde el presidente sobreactúa el dudoso arte de dispararse a los pies. Antes de pavonearse con Maduro o con Putin, la Argentina necesita evitar el default con el FMI y con el Club de París, cuya actual deuda renegoció Axel Kicillof cuando fugía de ministro de Economía. En ambas instancias son cruciales las muestras de buena voluntad de sus integrantes que, casualmente, son casi todos países occidentales y desarrollados. El propio Fernández llevó a cabo, algunas semanas atrás, una auténtica “gira de la gorra” para suplicar el apoyo europeo a las pretensiones criollas. Huelga decir que su alineamiento con los regímenes más opacos del planeta no contribuye en absoluto a logro de estos fines.

Estos desatinos solo pueden explicarse por la proyección internacional de la inconsistencias oficialistas. En cualquier país serio, las relaciones exteriores son parte del distrito del pragmatismo, en donde las decisiones y las alianzas se entretejen con aquellas naciones que contribuyen al desarrollo, bienestar o seguridad propias. Un modelo de este actuar, por citar un ejemplo cercano, es Brasil que, sea quien fuere el gobernante, mantiene más o menos estables las políticas históricas fijadas por Itamaraty. En la Argentina esto no sucede simplemente porque son más fuertes los prejuicios ideológicos del Frente de Todos que la lectura desapasionada de lo que ocurre en el mundo.
No es casual, por consiguiente, que todo lo que venga de afuera parezca siempre una amenaza y que la reacción natural del kirchnerismo sea aislarse en los terrenos de la superchería diplomática, recostándose sobre las certidumbres que ofrecen las autocracias y desconfiando de las fuerzas potentes, creativas y a menudo exigentes del capitalismo liberal. Así nos va, así nos ven.

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