Luces y sombras del cordobesismo retroviral

(Por Pablo Esteban Dávila - Diario Alfil) En los últimos días, el COE ha dispuesto una serie de medidas que implican algún paso atrás en el programa flexibilizador que viene llevando adelante. Las restricciones son, si se quiere, módicas: limitación de las reuniones familiares y la prohibición de reuniones entre amigos en casas de familias, aunque estos podrán continuar encontrándose en restaurantes y bares. Tal vez las más importantes sean las que afectan a la circulación hacia y desde la provincia. Ahora hay sólo 16 rutas habilitadas y quien ingrese a la jurisdicción deberá hacer una cuarentena en hoteles designados. Al efecto, tal como ocurre, por ejemplo, en Mendoza desde el inicio mismo del aislamiento social, preventivo y obligatorio.

Esto no condice con las recientes afirmaciones de Diego Cardozo, el ministro de salud provincial. “Se están dando brotes y casos que realmente nos empiezan a alarmar por el comportamiento que está teniendo la patología” -sostuvo el miércoles pasado- al tiempo que vaticinó que “los próximos 45 días serán los más duros y críticos”. También se despachó con una frase apocalíptica: “no esperemos a tener que apilar muertos para tomar conciencia” sobre la gravedad de la crisis. Cardozo, que también es miembro del COE, parece augurar un futuro sombrío que, sin embargo, no tiene un correlato en las medidas adoptadas por el propio comité.

¿Es una contradicción? No necesariamente. El panorama oficial es el de la rehabilitación de la economía, no la reimplantación del aislamiento. Las prevenciones del ministro apuntan a generar conciencia sobre que no se puede bajar los brazos con las medidas de protección exigidas por las autoridades, pero no más que esto. De lo contrario, el COE hubiera sido más enérgico en sus decisiones.

En rigor, la situación sanitaria local es bastante buena, lo que equivale a decir que el manejo de la crisis ha sido razonable. Los muertos por Covid-19 ascienden sólo a 38, en tanto que los contagios se reducen a 1060. El sonado brote de Villa Dolores ya está controlado y ninguno de los infectados ha presentado complicaciones serias.

Esto equivale a decir que la pandemia -al menos de momento- no es un problema serio en Córdoba ni está fuera de control. Por caso, debe tenerse presente que apenas el 5% de las camas críticas en los hospitales públicos están ocupadas y que la gran mayoría de los tratamientos son ambulatorios. La población percibe esta realidad, por lo que observa con espanto los retrocesos verificados en el Área Metropolitana de Buenos Aires. La única vez que las autoridades locales quisieron revisar decisiones flexibilizadoras, el humor social se agrió tanto que, a los pocos días, hubo que regresar a la etapa previa.

El gobernador interpreta estas señales e intenta por todos los medios que la economía salga del coma inducido por la cuarentena. Esto ya se advierte en la calle, en donde el movimiento comercial es bastante intenso y las actividades todavía vedadas son cada vez menos. Además, y desde una perspectiva política, tanto él como el intendente Llaryora han aprovechado al máximo las oportunidades que se presentaron para poner en orden viejas cuestiones irresueltas, no obstante que con modales institucionales sumamente dudosos.

Si se reunieran estos datos sueltos en un lienzo, a modo de una pintura y con sus luces y sombras, podría pensarse que el viejo cordobesismo ha mutado a uno nuevo, de corte retroviral. La provincia sigue una agenda propia, bastante diferente de la nacional, pero lo suficientemente desideologizada como para pasar inadvertida. Repárese, para ello, en que la famosa dicotomía vida versus economía nunca encontró campo fértil, ni en el COE ni en el Centro Cívico, y que ningún funcionario salió públicamente a reprobar las posiciones anti cuarentena que, tanto aquí como en el resto del país, bastantes ciudadanos se animaron a articular. Ni, mucho menos, se le ocurrió a nadie perseguir a los runners que, desde hace ya bastante tiempo han vuelto a las calles con gran libertad.

Es evidente que Schiaretti, por imperativos propios del distrito, necesita manejar la crisis en forma diferente a como lo hace la Nación sin que se note del todo. Tanto el gobernador como el presidente no quieren polemizar en la coyuntura y maniobran todo lo que pueden para evitar colisiones inconvenientes. Y conste que, para la polémica, habría material de sobra para provocarla. Así, mientras que Alberto Fernández ha hecho toda una épica del aislamiento, el gobernador ha tratado el asunto como un problema técnico, alejado de la grandilocuencia o las comparaciones internacionales. Aunque la diferencia de talantes es inocultable, los protagonistas prefieren el silencio táctico. El final está todavía abierto como para proclamar superioridad alguna.

No obstante, algo ocurre en el entorno presidencial. Es un hecho que la cuarentena estricta en el AMBA dará lugar a otra de corte más liberal. El presidente, empeñado como lo está en pretender cuidar a ciudadanos que quieren cuidarse por sí mismo, se parecerá más a Schiaretti en algunas horas más. Pero lo hará en una situación más complicada que la del cordobés: tanto en el conurbano como en la ciudad de Buenos Aires los contagios se multiplican sin pausa y los muertos crecen. Y allí aparecerá la duda: si el confinamiento fue muy severo cuando prácticamente no había casos; ¿por qué se lo aflojará cuando ocurre lo contrario? Algo no cierra en la estrategia sanitaria nacional, como tampoco cierra en la económica. Al menos, el cordobesismo retroviral parece ser un poco más recoleto en el abordaje de ambas cuestiones, con menos efusividad pero con resultados algo más concretos.

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