Rodas (Europa)
(Especial revista El Galeón) La isla griega, capital del archipiélago del Dodecaneso, fascina gracias al casco antiguo, sus palacios y la vida animada del centro moderno. Cómo sentirse griego por un día, en la cuna de Occidente.
A pesar de todas las imágenes que tenemos arraigadas sobre Grecia y del turismo, que ejerce una presión permanente sobre sus increíbles sitios arqueológicos y sus islas, llegar a Rodas siempre deslumbra.
Es cierto que los paisajes de la isla y el famoso puerto antiguo conocido por el Coloso, que daba la bienvenida a los visitantes, quitan el aliento del viajero más avezado. Pero hay algo más: ¿es la diafanidad del aire, esa transparencia que se dice impulsó a los griegos a hacerse las primeras preguntas filosóficas? ¿Es cierto toque concedido por el Olimpo a sus playas de arena y sus callecitas medievales? ¿Es la inefable sonoridad de la lengua griega, escrita en caracteres que invitan a descifrar algún oculto misterio en los arabescos de su alfabeto?
Resulta difícil encontrar una respuesta única. Lo cierto es que el encanto de Rodas –la isla nacida del romance entre Helios, el Sol, y la ninfa Rhode, la Rosa- perdura desde tiempos inmemoriales y sigue atrayendo con su eterno canto de sirenas.
El casco antiguo
Los Caballeros de San Juan, que llegaron a Rodas a principios del siglo 14, fundaron su ciudadela sobre los restos de una ciudad que ya tenía unos mil años de historia. Es la misma que hoy forma el corazón del centro histórico, a la sombra del Palacio de los Grandes Maestres (Paláti tou Megálou Magístrou, como para adivinar algo de la resonancia de la lengua original), una mole rodeada de torres almenadas en torno a un patio central.
La espectacular escultura de Lacoonte y el mosaico helénico de la Medusa son sus embajadores en los libros de historia de medio mundo, y lo que todos nos lanzamos a ver en primer lugar, disfrutando de la frescura que ofrecen las gruesas paredes en el abrasador verano griego. Luego, hay que concederse un momento de inspiración en la Cámara de las Nueve Musas y un paseo entre las estatuas helenísticas del patio central.
De ahí salimos a la Calle de los Caballeros, que va a dar al puerto y está rodeada de posadas, el lugar donde se reunían los Caballeros de la Orden de San Juan, según su procedencia. La recorrida sigue bordeando las murallas medievales, que se extienden a lo largo de cuatro kilómetros jalonadas por 11 puertas de acceso al casco antiguo. A pesar del ambiente encantador, que invita a relajarse en el hammam (baño turco, nada casual dada la cercanía de la isla con Turquía) junto a locales y turistas, el hechizo se rompe en un lugar que recuerda la tragedia de la historia reciente: a pocos pasos de aquí, la Plaza de los Mártires Judíos rinde homenaje a los habitantes del barrio judío de Rodas, deportados a Auschwitz durante la ocupación alemana.
Sabores del Mediterráneo
El recinto amurallado de Rodas posee mucho más, entre museos de arqueología, arte y cultura bizantina. Sin embargo, es importante dedicarle un buen rato al almuerzo para probar esas tentaciones griegas que nos vienen llamando desde que pusimos un pie en el aeropuerto de Atenas.
Un buen gyros (carne asada), acompañado de pan de pita tibio, nos devuelve las fuerzas y las energías para seguir recorriendo la isla, mientras disfrutamos de la sensación de sentirnos por un rato en ese mundo agitado, desordenado y sobre todo muy humano que describen las novelas de Petros Márkaris, y que nos estrecha en un abrazo invisible con los griegos… aunque su lengua no nos permita, hablada con rapidez y abundantes gestos, reconocer ni siquiera las raíces de nuestro vocabulario más culto.
Al este del paraíso
Toda Rodas es preciosa, pero la perla de la isla se llama Lindos, una ciudad sobre la costa este, jalonada de aromáticos naranjos y playitas arenosas de mar turquesa. Hasta aquí llegamos por vía marítima, como nos habían aconsejado desde los primeros momentos de la planificación del viaje: y de aquí nos llevamos la imagen más hermosa de Grecia, con las resplandecientes casitas blancas de Lindos, su antiguo palacio medieval y la majestuosa acrópolis sobre la bahía.
Hace calor y hay mucha gente, aunque el verano ya está sobre el final. Sin embargo, este paisaje es como un imán para nuestras cámaras fotográficas y, sobre todo, para nuestros ojos: la luminosidad es tanta que cerramos los párpados pero el paisaje sigue ahí, nítidamente impreso en una postal inolvidable y casi tangible, con el mar extendido como una brillante carpeta azul jalonada de veleros y pequeñas embarcaciones blancas.
Felizmente, dado el ancho de las calles, Lindos es peatonal. Nos dejamos llevar entonces, y entramos primero a explorar un bazar repleto de chucherías pero también tesoros artesanales. Más allá nos esperan algunos locales de comida al paso y, un poco más adelante, algunas tabernas de dueños simpáticos e insistentes: hay color, animación, confusión, cosmopolitismo y, al mismo tiempo, un ambiente profundamente griego. Esto se nota sobre todo en uno de los secretos más bellos de Lindos: los portales que se asoman a las tortuosas callecitas y se abren hacia los patios sombreados por cascadas de buganvillas (conocidas vulgarmente como Santa Rita), lo más bello de las casitas tradicionales llamadas archontiká.
Para subir a la acrópolis, elegimos descansar las piernas y confiarnos a la habilidad trepadora de los burros. Es que el lugar resulta vertiginoso: 125 metros por encima del pueblo, al borde mismo de un precipicio, las columnas del Templo de Atenea se dejan ver a la distancia y ponen en la isla un toque auténticamente olímpico. Leyendas y mitos no faltan, los visitantes ilustres tampoco: se cuenta que por aquí pasó Alejandro Magno, que estuvo la bella Helena de Troya y que admiró estas bellezas el propio semidiós Heracles. Aunque formamos parte de la legión de visitantes ignotos que cada año admiran esta maravilla, por un rato nos sentimos partícipes únicos de esta belleza de la Grecia más eterna.
Fin de viaje
Para terminar -si es que a Rodas le puede caber esa palabra- nos vamos a explorar la parte oeste de la isla, una de las más concurridas, sobre todo en la zona que va de la capital al aeropuerto. Uno detrás de otro, bares, restaurantes y hoteles ofrecen todo lo que puede necesitar el viajero durante su travesía de Rodas. Poco a poco, recorremos las laderas de Moní Filérimos, coronada de capillas de cúpula dorada; el Valle de las Mariposas de Petaloúdes (y por estar justo en la temporada admiramos miles de ejemplares de magníficas mariposas anaranjadas y negras); el precioso Puerto de Skála Kameírou y el Castillo de Monólithos, una fortaleza impactante que se yergue en la cima de una montaña infinitamente verde.
Cada lugar nuevo parece más bello que el anterior. En todos queremos quedarnos no horas sino días. Sin embargo, el viaje tiene su fin y debemos embarcarnos para despedirnos de Rodas y regresar a Atenas, no sin antes hacernos la íntima promesa de regresar, para volver a vivir la magia de una de las islas más fascinantes del Mediterráneo.
Hoja de Viajero
Pasajes:
Las principales aerolíneas europeas ofrecen pasajes a Atenas a partir de 2.300 dólares (sólo ida; impuestos incluidos), con conexión desde sus respectivos hubs.
La mejor época para ir:
Todo el año, especialmente entre fines del otoño y mediados de la primavera boreal. Evitar julio y agosto, meses de temporada alta por las vacaciones europeas.
Requisitos migratorios:
Pasaporte con seis meses de vigencia.
Paseos:
Siána, un pueblo cercano a Monólithos, es conocido por la dulzura de su miel. Aquí los cafés invitan a probar este dulce elixir, con un licor muy fuerte (soúma). Faliráki: el centro turístico favorito de los jóvenes por sus bares y discotecas. Archángelos, un pueblo del este conocido por su Iglesia de Archángelos Michaïl y Gavriíl, los patronos locales, y por la ruina del Castillo de los Cruzados.
Compras:
Las artesanías son lo que más atraen junto a las joyas de oro, de larga tradición en la isla. Las réplicas de joyas griegas antiguas constituyen un plus; así como las alfombras tejidas a mano, las prendas y objetos de cuero, los corales y esponjas o las cerámicas decoradas en colores vivos (muchas veces con el distintivo diseño de una granada). Para aprovechar: estatuillas de dioses y personajes de la mitología antigua.
Comidas:
Grecia es uno de los mejores lugares del mundo para probar la cocina mediterránea. Aceite de oliva, aceitunas, queso feta, tomates, pan pita, carne de cordero, masa fila y berenjenas son algunos de los ingredientes más emblemáticos de la famosa ensalada griega, el souvlaki, el gyros y la moussaka, además de los deliciosos postres a base de yogur y miel. Sin olvidar el fuerte y típico aguardiente llamado ouzo.
Alojamiento:
Hotel cuatro estrellas: desde 98 euros habitación doble y 78 euros la single. Hotel cinco estrellas: desde 111 euros la doble y 82 euros la single.
Tips y curiosidades
- El tránsito griego puede ser caótico y las callecitas estrechas lo complican aún más. Mire hacia todos lados antes de poner un pie en la calle.
- Taxis: sólo aceptan hasta cuatro ocupantes por vehículo, incluyendo equipaje.
- Cambio de moneda: los bancos abren de lunes a viernes de 8 a 14; en plena temporada (abril a octubre) algunos también de 17 a 19.30. Llevar pasaporte.
- Cada 1° de marzo, Rodas celebra un vistoso carnaval en la ciudad medieval con música antigua, teatro callejero, cantantes populares y desfile.
Contactos
Códigos de área telefónicos:
Grecia: +30. Rodas: 2241.
Hospital de Urgencias:
Hospital General de Rodas: Tel. 080000.
Policía:
Tels. 023849 y 044140.
Embajada de Argentina:
Atenas: Vassilissis Sophias 59, Piso 3. Tel. 724-4158 y 722-4753.
Internet:
www.gnto.gr (en inglés)