Derribando mitos: no hace falta tener industria para ser un país próspero (el caso Australia)

Un investigador de la Universidad Austral analiza uno de los dogmas más arraigados del debate económico argentino: que perder participación industrial en el PIB implica retroceder en el desarrollo. Australia tiene el 7% de industria en su PIB y casi quintuplica el ingreso por habitante de Argentina.

Cada vez que Argentina discute su modelo de desarrollo aparece el mismo argumento: sin industria manufacturera fuerte no hay desarrollo posible. El porcentaje de la industria sobre el PIB se usa como termómetro del progreso o del retroceso. Y cuando ese número baja, el diagnóstico es automático: desindustrialización, primarización, dependencia.

Horacio Augusto Pereira, investigador sénior del Centro de Investigaciones en Gobierno de la Universidad Austral, viene a complicar esa lectura. En un trabajo reciente titulado "Más allá del peso relativo de la industria", Pereira analiza el caso australiano y llega a una conclusión que desafía el consenso: el porcentaje de la industria sobre el PIB es una descripción de la estructura de una economía, no una medida de su riqueza ni de su capacidad productiva.

El número que engaña

Los datos son llamativos. La industria manufacturera representa el 7% del PIB australiano. En Argentina, representa el 16%. Por la lógica habitual, Argentina debería ser más industrial, más desarrollada, más capaz de generar riqueza. Sin embargo, Australia casi quintuplica el ingreso por habitante argentino.

"La discusión debería ser bastante más sofisticada que cuánto representa la industria sobre el PIB. Deberíamos preguntarnos cuánto valor genera cada sector por habitante, cuánto exporta y qué productividad alcanza", sostiene Pereira.

El punto es técnico pero tiene consecuencias prácticas enormes. Una industria que representa el 20% de una economía pequeña y poco productiva no genera necesariamente más riqueza que una industria que representa el 7% de una economía muy productiva. Los porcentajes relativos describen proporciones, no magnitudes. Y cuando Argentina discute si la industria sube o baja como porcentaje del PIB, a menudo está midiendo lo incorrecto.

Pereira añade un escenario concreto y relevante para el debate actual: si durante los próximos años el agro, la minería, el petróleo y el gas crecen más rápido que el resto de la economía argentina, la participación de la industria manufacturera en el PIB va a disminuir. Por la lógica habitual, eso sonaría a derrota. Pero si al mismo tiempo la industria crece en valor absoluto y en productividad, no habría tal derrota. "Una economía puede cambiar su estructura y, al mismo tiempo, volverse más rica", resume.

La mina que no es solo una mina

El corazón del argumento está en cómo Australia convirtió sus recursos naturales en algo más que extracción. La minería australiana emplea directamente a unas 240.000 personas. Pero el ecosistema de proveedores y servicios vinculados al sector —conocido como Mining Equipment, Technology and Services (METS)— sostiene alrededor de 1,1 millones de puestos de trabajo en todo el país. Más de cuatro veces el empleo directo.

"Una mina no es solamente una mina. También es una demanda de bienes y servicios especializados", afirma Pereira. Ingeniería, maquinaria, mantenimiento, automatización, software, transporte, logística, infraestructura, servicios ambientales. Todo ese entramado de alta productividad y alto valor agregado creció alrededor de la actividad extractiva, no a pesar de ella.

Es la diferencia entre ser un proveedor de materia prima y ser una plataforma de desarrollo. Australia eligió lo segundo.

Qué puede aprender Argentina

Pereira es cuidadoso en aclarar que Argentina no puede ni debe copiar mecánicamente la estructura productiva australiana. Las diferencias en tamaño poblacional, dotación de recursos por habitante y punto de partida histórico son reales. Pero eso no invalida las enseñanzas del caso.

El investigador traza un mapa de posibilidades: la minería puede impulsar proveedores de bienes de capital, ingeniería y servicios tecnológicos; Vaca Muerta puede generar infraestructura, conocimiento y empresas especializadas; el agro puede profundizar la incorporación de maquinaria, biotecnología, software y servicios profesionales; y una mayor disponibilidad de energía puede atraer inversiones industriales que hoy no resultan viables.

"El desafío no consiste en elegir entre recursos naturales e industria. Se trata de utilizar los recursos naturales para desarrollar industria, tecnología y servicios de mayor productividad", resume.

La conclusión del trabajo es tan simple como provocadora para el debate político argentino: no existe un porcentaje ideal de industria que determine el desarrollo de un país. La pregunta relevante es otra — cuánto valor genera cada sector y de qué manera las ventajas naturales pueden transformarse en nuevas capacidades productivas.

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