Si se mira el mapa global, la Patagonia no está tan lejos de otras regiones donde el maíz ya se produce. “Ushuaia o El Calafate están en latitudes similares al norte de Alemania o al sur productivo de Canadá”, explica Javier Di Matteo gerente Técnico de semillas de BASF.
El punto crítico no es dónde, sino cuándo: el período libre de heladas. En el sur, esa ventana es mucho más corta, lo que obliga a utilizar híbridos ultraprecoces que completen su ciclo en menos tiempo.
“El cultivo tiene que entrar y salir dentro de ese período. Y la helada tiene que llegar después de que el grano se llenó”, resume.
Ahí aparece una alternativa clave: el silaje. A diferencia del grano, se cosecha antes, lo que permite “ganar semanas” y mejorar la viabilidad productiva.
Un antecedente cercano (Río Negro muestra que se puede)
En Argentina, el maíz ya tiene un caso testigo en condiciones menos favorables: el Valle de Río Negro.
Allí, con riego y ciclos adecuados, los rindes pueden alcanzar entre 15 y 18 toneladas por hectárea. “Funciona muy bien, pero estamos hablando de una latitud bastante más al norte”, aclara el especialista.
Ese dato marca un límite: a medida que se baja hacia el sur, el potencial productivo cae. No por falta de tecnología, sino por una cuestión biológica: menos tiempo de crecimiento, menor acumulación de rendimiento.
Menos enfermedades, más agua (el verdadero cuello de botella)
Curiosamente, uno de los problemas clásicos del maíz, las enfermedades, pierde peso en la Patagonia. El frío actúa como un aliado natural y reduce la presión sanitaria. Pero lo que desaparece por un lado, aparece por otro: el agua.
“La Patagonia es una zona árida. Sin riego, es muy difícil pensar en maíz”, advierte Di Matteo. Y ahí aparece una de las grandes incógnitas: cuánta disponibilidad hídrica real hay, a qué profundidad y a qué costo se puede acceder. Sin esa variable resuelta, cualquier discusión productiva queda en pausa.
El negocio no es solo producir (es qué hacer con lo producido)
Incluso si la tecnología y el agua acompañan, el desafío siguiente es más estructural: el mercado. Para Di Matteo, el desarrollo del maíz en el sur solo tiene sentido si se integra a un sistema productivo local. “Tiene que haber animales que se coman esa producción ahí”, señala, apuntando a la ganadería como principal destino.
La alternativa, exportar grano, hoy enfrenta otra barrera: la infraestructura. “La cantidad de puertos en el sur es limitada. Y el costo de llevar producción a largas distancias puede hacer inviable el negocio”, advierte.
¿Puede escalar o queda en experimento?
La respuesta, por ahora, es condicional. Desde lo técnico, el maíz puede adaptarse. Los ciclos existen, la genética está disponible y los primeros resultados acompañan. Pero escalar implica resolver variables mucho más complejas: agua, logística, mercado e infraestructura.
“Con disponibilidad hídrica y materiales adaptados, es posible. Pero después hay que ver quién consume esa producción y cómo se mueve”, sintetiza Di Matteo.
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