Bratislava (Europa)

(Especial revista El Galeón) Metrópolis de la Europa oriental, la capital de Eslovaquia asoma a través de su historia con rica identidad nacional. Marcamos con fuerza el compás de su música.

Texto: Leandro Olocco.
Fotografías: gentileza de Oficina Nacional de Turismo de Eslovaquia.

Llegamos de noche, el clima cálido de la primavera nos abrazaba dándonos la bienvenida. Con murmullo constante y con la fuerza de un millón de años, el Danubio acompañaba nuestros pasos y nos invitaba a entrar al bar de aquella esquina, ubicado justo a la vuelta de la antigua Puerta de Miguel. La única puerta que queda en pie de las antiguas fortificaciones medievales, la única que resistió invasiones, revoluciones, bombardeos y los embates constantes del tiempo. Quinientos años vio pasar bajo sus góticas piernas a eslavos con alma de diamante y a foráneos tratando de robarles lo imposible: su identidad. Nosotros también nos filtramos por aquellas murallas imaginarias para alcanzar la fiebre del jazz. Nos adentramos en el único bar que vimos abierto para descubrir un cuarteto poseído, interpretando e improvisando una música antigua y, a la vez, moderna. Lo que tocaban esos cuatro estaba embebido de tradición, una vez más, de identidad. No se limitaban a tocar los acordes fáciles para el oyente venido de otras tierras, de las melodías de la Señora Holiday o el Señor Armstrong. De los cuatro instrumentos brotaba un jazz eslavo compuesto de mezclas y acrobacias sorprendentes, una música que certificaba que estábamos en Bratislava.

Músicas
Ese compás, esas melodías y esa fuerza extraordinaria nos acompañaron los días que pasamos en la capital de Eslovaquia. El ritmo late en esa ciudad que transpira identidad por todos sus poros. Es que su pasado vio intentos constantes de arrebatarles el perfume que nos atrapaba cuando caminábamos por el trazo de sus calles. Un pasado que está a la vista, que florece en su arquitectura y se percibe en el eterno fluir bajo sus puentes, al mismo tiempo que se escucha en un bar y en el Teatro Nacional. Al final de la plaza Hviezdoslav se alza la sede de la Orquesta Filarmónica Eslovaca. Edificio neorrenacentista que vibró con la Missa Solemnis de Ludwig Van Beethoven, eco de aquel estreno dirigido allí, sobre la misma tarima, por el loco sordo, genio divino. El glorioso teatro estalló en aplausos al callarse la batuta, un reflejo invertido de su pasado más cercano, cuando Eslovaquia era siamesa de la República Checa, de su hermana íntima. La operación fue larga, cuando parecía llegar a su fin, la Segunda Guerra volvió a unirlas. Finalmente, la Revolución del Terciopelo borró la cicatriz. Aquella fue un levantamiento pacífico ocurrido en 1989 que dio lugar a la caída del régimen comunista. Éste intervino duramente contra una manifestación estudiantil que había salido a las calles de Checoslovaquia a protestar, por un lado, por el quincuagésimo aniversario de la clausura de las universidades hecha por los nazis y, por el otro, por el brutal comportamiento de las fuerzas del orden. Años más tarde, la debilitada Checoslovaquia se dividió en la República Checa y la República Eslovaca.
Otomanos, húngaros, austríacos, rusos quisieron alienarla, su alma quedó intacta, su perfume es la constante en los miles de años que escriben su historia.

Pinceladas
Al cruzar el puente Nový Most, incursión arquitectónica del comunismo, nos encontramos con el Barrio de Petržalka. Esta zona nos recuerda lo que ya sentimos otras veces que recorrimos ciudades de Europa del este, localidades donde la Unión Soviética dejó su huella indeleble: la triple comunión del pasado, la uniformidad y la mirada hacia el futuro. Los edificios iguales, prefabricados, grises, en contraste con lo gótico, lo renacentista, lo barroco, lo clásico y lo moderno. Esas estructuras son los brochazos bruscos de color apagado, opaco, que contrastan con las pinceladas delicadas, finas, intensas, vivas, de las cuales surgen, en la mixtura de brocha gorda y pincel, los nuevos colores y las vanguardistas expresiones de la arquitectura contemporánea.
La primavera pasó de largo en el ‘68, se olvidó de la ciudad por muchos años, las flores no se hallaban, el perfume parecía olvidado. Hace ya más de 20 años que se quebró el hechizo, un paño de terciopelo rasante despertó nuevamente los aromas, las partículas bajo tierra se despidieron hacia arriba, erupcionaron en festivales y asimétricas espirales revoltosas al sentir la suave caricia de la revolución silenciosa y seca. Testimonio de una primavera que ya no deja la ciudad son sus grandes parques y plazas, sus bosques encantados, impregnados de un aroma ahora más fuerte, más intenso que nunca. El Parque Forestal da comienzo a la Cordillera de los Cárpatos, a los llamados Malé Karpaty. Desde el más antiguo parque público, Sad Janka Krála, se vislumbra el paisaje más vivo que queda grabado en la memoria, la postal perfecta de la ciudad: sobre una colina, surgida del Danubio, un castillo y en perpendicular el puente Nový Most.

Historias
Dominante sobre la ciudad, corona de la colina, el Castillo de Bratislava se destaca a 85 metros por sobre el río. Diversos pensamientos agitan la imaginación y difícilmente alcancen a intuir el devenir histórico de ese asentamiento. Ya en la Edad de Piedra los primitivos daban vueltas a su alrededor, los celtas construían su acrópolis y los antiguos fortalecían su cima. En la baja Edad Media, en la penumbra, se construyó un castillo que mutó por mil años y fue habitado por reyes de diversas coronas. En el siglo 10, el Reino de Hungría se instaló en la ciudad. Por su posición estratégica fue destino de numerosas batallas y en 1405 Segismundo de Luxemburgo la declaró ciudad real. Un siglo después y a causa de los avances otomanos en Hungría, Bratislava es capital, ahora formando parte de la corona austriaca. Durante el siglo 18 y tras un período de insurrecciones, el reinado de María Teresa de Austria vio florecer nuevamente a la ciudad. Las flores extranjeras inundaron de palacios barrocos el casco histórico de esta localidad y la transformaron en el centro social y cultural de la región. Europa del este gravitaba en torno suyo, a su ritmo, el mismo ritmo de aquel cuarteto de jazz que logró cautivarnos, imprimirnos la certeza de estar caminando por una metrópolis. Los movimientos reivindicativos surgieron, la búsqueda de la flor nacional se esparció por su propio polen. Bratislava se convirtió en el centro del nacionalismo eslovaco. Incendios, invasiones napoleónicas y revoluciones estropearon el maquillaje de la ciudad, pero su rostro permaneció intacto. Su sed de estado-nación resistió. Soportó las garras del águila nazi y los martillazos comunistas. Su gran revolución fue silenciosa, como la seda, como el terciopelo. En 1989, tras manifestaciones estudiantiles y la dura represión del estado comunista, la población derrocó por su propio peso a un agotado régimen. La Revolución de Terciopelo condujo al llamado Divorcio de Terciopelo ocurrido tres años después y permitió la división pacífica de dos naciones unidas por la fuerza más de 70 años atrás. Nacían de esta manera la República Checa y la República Eslovaca. Hoy, el castillo de Bratislava es la sede del Museo Nacional Eslovaco, el Museo de Historia y el Parlamento. A poca distancia, pasando por corredores y recovecos se halla el Domo de San Martín. Compuesta por tres naves góticas, numerosas capillas y una gran torre, la iglesia vio coronar a reyes y reinas a través de los siglos.
Aún no salía el sol, hacía rato los músicos habían abandonado sus instrumentos pero la gente permanecía sentada en sus sillas silenciosos. Pensativos y felices continuaban escuchando los acordes finales del cuarteto, del cimbal, de los tambores, del bajo y del violín, el eco en sus copas de cristal y en sus jarras vacías. Bratislava sorprende por su capacidad de adaptarse, de asimilar lo extranjero volviéndolo propio, de solaparse y esperar el instante adecuado para resurgir, brotar lentamente como una flor, como un jardín.
Era de madrugada cuando salimos del bar y el sol asomaba en el horizonte con fuerza. El polen esparcido por todos lados. Las partículas se percibían a través del sol, flotaban en el aire haciendo remolinos y cayendo lentamente para volver a levantarse instantes después. La primavera flotaba por todas partes.

Hoja de Viajero
La mejor época para ir:
Primavera y verano son las mejores épocas para viajar. Otoño e invierno pueden resultar muy fríos, llegando a temperaturas bajo cero.

Requisitos migratorios:
Pasaporte con seis meses de vigencia.

Paseos:
En la ciudad vieja, el Domo de San Martín y la Puerta de Miguel son las principales atracciones junto con el Castillo de Bratislava, sede del Museo Nacional y del Museo de Historia. A las afueras de la ciudad, el Castillo de Devin en la confluencia de los ríos Danubio y Morava, uno de los más importante sitios arqueológicos de Eslovaquia. El Teatro Nacional para los amantes de la música clásica, un Spirit Bar para el jazz y músicas modernas. Paseos por el Parque Forestal y el Sad Janka Krála a orillas del Danubio. La Casa del Buen Pastor es un gran museo de relojes. Para conocer la arquitectura comunista, cruzar el río y visitar el Barrio de Petržalka resulta una buena opción.

Compras:
Grandes marcas conviven con casas de artesanías en el barrio viejo de la ciudad. Las principales tiendas de ropa se ubican en la calle peatonal Obchodná Ulica. Existen cuatro grandes centros comerciales en la ciudad.

Comidas:
La gastronomía de Bratislava es sana y sencilla, basada en platos a base de carne de cerdo, cordero y aves, repollo, papas, harina y productos lácteos, como el queso de cabra. Entre los platos tradicionales se pueden nombrar el caldo de pollo, la sopa de ajo y la sopa de alubias; el oštiepok, que es un tipo de queso ahumado; el arroz solo o con guisantes, nueces, almendras o jamón; el galushki es un tipo de ñoqui; oca o pato, que se acompaña con lokša (crêpes de papas); cerdo empanado, frito o cocido; entre los postres destacan los crepes rellenos (palacinky), las bolas de harina al vapor con mermelada (parené buchty) y strudel de manzana o queso. La cerveza local es la bebida más preciada, los vinos más famosos de la región se producen en Bratislava.

Alojamiento:
Hoteles cinco estrellas, a 120 euros la habitación simple y 180 euros la doble. Hoteles cuatro estrellas a 90 euros la habitación simple y 130 euros la habitación doble. Hostels desde 10 euros la noche.

Tips y curiosidades
- La Revolución del Terciopelo fue una revolución pacífica, basada en la palabra y sin asperezas, como el terciopelo. En 1989, el partido comunista checoslovaco perdió el poder dando lugar a un régimen parlamentario e iniciando la transición al capitalismo. Tres años después, sin derramamiento de sangre y en buenos términos, surgieron dos viejos y nuevos estados: la República Checa y la República Eslovaca.
- Al terminar la Primera Guerra Mundial, el congreso eslovaco intentó renombrar la ciudad de Bratislava como ciudad Wilson, en honor al presidente de los Estados Unidos.
- Bratislava es una urbe relativamente económica por encontrarse al este de Europa, ofreciendo los placeres de cualquiera de sus principales destinos turísticos.

Contactos
Código de área telefónico: 4217.
Hospital público: Policlinic Ruzinov, calle 10. Emergencias: Tel. 112.
Policía: 112.
Embajada de Eslovaquia en Argentina: Avenida Figueroa Alcorta 3.240. Buenos Aires. Tel. (011) 4801-3917. E-mail: [email protected].
Internet: www.bratislava.sk (en inglés).

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