Jericoacoara (Brasil)

(Especial El Galeón) En el nordeste de Brasil, esta villa con poco más de mil personas nos recibe con casitas de colores estridentes rodeadas de lagunas y un mar transparente junto a dunas para desafiar con un “buggie” o para divertirse haciendo “sandboard”.

Texto y fotografías: Ana Schlimovich.

El calor del nordeste brasileño tiene la desvergonzada particularidad de azotarlo a uno apenas inhala una bocanada de su aire. La temperatura actúa como una especie de bofetada, desmoronando cualquier ínfula de temperamento urbano, acelerado. Esa es la sensación al aterrizar en Fortaleza, la capital del estado de Ceará, auténtico nordeste.

Así, con cuerpo aletargado y espíritu inquieto me dejo llevar por la inercia que genera una alta dosis de medios de transporte y horas de viaje, y tomo el micro que me llevará por la Costa del Sol Poniente hasta la famosa Jericoacoara. Palmeras, árboles tropicales, serranías y caseríos repetidos se van desdibujando con la oscuridad, del otro lado de la ventanilla, durante las cinco horas que dura el trayecto hasta Gijoca. Fin del segundo tramo.

Una corta espera, el tiempo necesario para disfrutar por fin de una brisa apenas fresca y una cerveja gelada en el bar que está frente a la iglesia del pueblo, hasta ver estacionar un extraño vehículo, una especie de camión 4x4 con banquetas en la parte de atrás; jardinera le llaman en esta zona. Ahí es cuando entiendo que, además de tener un nombre complicado, Jericoacoara posee un acceso poco común. Durante 50 minutos, junto a otros viajeros desconcertados o deslumbrados, o las dos cosas, no podría aseverar, vamos atravesando dunas, lagunas formadas por agua de lluvia y casas de material pintadas de blanco, o de adobe, con sus puertas y ventanas abiertas de par en par, dejando entrever a sus habitantes tendidos en hamacas, casi siempre con la televisión encendida, indiferentes a nuestro paso. Hacia arriba, un cielo casi escenográfico, sin luna, colmado de estrellas.

De amaneceres y atardeceres

La ventaja de llegar de noche es que a la mañana siguiente el lugar parece tomarlo a uno por sorpresa. Aun conociendo de antemano las características de este poblado en el que viven apenas 1.600 personas, al salir del hotel tengo una especie de deslumbramiento con las casitas de colores estridentes, con la transparencia del mar, que se ha retirado con la marea baja dejando ver la amplitud de la playa, y con la certeza de que en ese momento puede ser martes, domingo o cualquier día de la semana.

De todas formas, los pescadores han salido temprano en sus jangadas para volver de altamar a alguna hora de la tarde con sus róbalos, pargos, sardinas y caballas. A primera vista se percibe que Jeri -como la llaman quienes la conocen- tiene ritmo propio, y está claro que a eso nadie lo quiere cambiar. Por suerte, y por prudentes, hay una ley que ampara a sus calles de arena pisada que nunca serán asfaltadas y, en febrero de 2002, la creación del Parque Nacional Jericoacoara frenó un crecimiento que se vaticinaba desmesurado y ajeno a una idiosincrasia aislada y relajada.

Decido sumarme a esta filosofía y pasar un día de pura actividad contemplativa, leer un buen libro en una hamaca y, a lo sumo, acercarme hasta el agua, cálida, deliciosa. Sólo hacia el atardecer, un coro de voces y el ritmo calmo de tambores creoulos y berimbaus me llevan a una ronda de gente que se ha formado en la playa para practicar, como todas las tardes, capoeira. Niños, perros, turistas, abuelas, jóvenes con el cuerpo torneado por esta danza que esconde el arte de la defensa se dan cita puntualmente a diario en la enorme explanada de arena, mientras que otros suben hasta el punto más alto de una duna blanca que cae vertiginosamente hasta el agua, y con la visual del poblado rodeado de cocoteros, palmeras carnaúba, cajueiros y un mar sin límites esperan hasta que el sol se deslice por detrás del horizonte.

La noche se prepara. Se encienden faroles, lámparas de colores y lucecitas de las que se usan en Navidad. Los restaurantes despliegan sus pizarras con el plato del día, y viajeros y lugareños de a poco van convergiendo aquí y allá, en bares y puestitos rodantes de la costa y de la calle principal. El ajetreo nocturno dura sólo lo indispensable, caipirinhas, música tenue y conversaciones distendidas son el paso previo a un descanso mimado por el suave vaivén del mar.

Otro día brillante despunta apenas por debajo de la línea ecuatorial. Y casi no hay sorpresa al respecto ya que por estos lares la lluvia es poca, breve y concentrada entre febrero y abril. Desayuno rápidamente, siguiendo los consejos de Stephano, napolitano y asiduo visitante de la villa, quien la noche anterior me recomendó que llegara con los primeros rayos de sol a ver la “postal de Jericoacoara”, la Pedra Furada, una roca gigante con una abertura en su centro provocada por la erosión del agua.

Camino por la playa hacia el sur y al rato me encuentro subiendo unos acantilados escarpados que bajan directo a un mar turquesa. Las figuras de varios cactos, algunas cabras y unos cuantos burros se recortan bajo esa luz perfecta que distingue a las mañanas. Una hora más tarde, al descender hasta una pequeña playa, me encuentro frente a frente con una especie de portal natural que deja entrever al océano Atlántico, abierto y bravo. Reconozco que tengo cierto prejuicio a las “postales” que funcionan como icono de cada lugar; en general, y a mi entender, la visión real se ubica muy por debajo de la fotografía. No sólo queda desmoronada mi hipótesis ante esta roca, sino que, además, se da vuelta.

Dunas, “buggies” y delicias del mar

Son tres de las cosas que abundan en este paraje. Las dunas, dueñas de buena parte del territorio, parecen querer resguardar los caseríos esporádicos de la temible urbanización, aunque, a veces, estos gigantes de arena están vivos, es decir que no están fijos, y se desplazan, en promedio, unos cinco centímetros por año, llegando a tapar poblados enteros, como pasó con Tatajuba. Pero no quiero adelantarme, ni lapidar la fama de estas montañas arenosas. Primero es mi deber reconocer que recorrerlas en buggie -el único vehículo, junto a las 4x4, que tanto dunas como legislación admiten- es un placer comparable con ninguna otra cosa. “¿Con o sin emoción?”, pregunta el conductor haciendo alarde de su destreza; “con”, contesto de súbito, y nos lanzamos en una carrera por una pendiente vertical que me hace subir un cosquilleo que se convierte, indefectiblemente, en grito.

Nos detenemos sólo cuando llegamos al río Guriú, donde una balsa nos cruza hasta la otra orilla, trasladándonos a un paisaje distinto, verde y pantanoso, repleto de manglares que ocultan cangrejos.

Siguiendo un sendero, desembocamos nuevamente en las dunas, sólo que esta vez subimos a una mucho más alta, hasta encontrarnos con varios chicos que se deslizan cuesta abajo sentados en una tabla de madera hasta dar de lleno en el agua dulce y tibia de una laguna natural. Aprovechando mi gesto de asombro, un nene crespo de ojos enormes me ofrece su tabla y una bajada a cambio de un real. Sólo en el quinto chapuzón reparo en que mi infantilismo tiene un límite. Seguimos viaje hasta la inmensa laguna Da Torta donde cambio el buggie por un bote a vela que me llevará hasta un parador de madera y paja de palmera. Está asentado en medio del agua, es conocido como la Barraca de Didí y se sirven allí los más variados tragos frutales, antecediendo una seguidilla de exquisiteces de mar grilladas: camarones, langosta, langostinos, cangrejo rojo y sirí; luego, pescados sabrosos como el pargo y el róbalo. Un festival de sabores que concluye en un aplauso unánime para Didí, quien lo merece no sólo por saber cuál es el punto justo del fuego y el tempero, sino por haber tenido el buen tino de colgar varias hamacas amarradas a unos palotes sobre la laguna, como para quedar estratégicamente sumergido hasta el cuello y, acaso, dormitar un rato al cálido amparo de las aguas nordestinas.

La barraca soñolienta se despierta con la llegada de algunos artesanos que despliegan sus obras e intercambian canciones con los viajeros, al son de una guitarra. Raquel, una chica de Tatajuba que sabe cantar y tejer hamacas y bolsas a mano, me cuenta cómo es que su pueblo tuvo que ser reconstruido tras haber sido tragado por una montaña de arena. “Cosas que pasan por estas tierras”, comenta, antes de entonar otra canción.

DATOS ÚTILES

La mejor época para ir: de mayo a diciembre. La temperatura se mantiene entre los 25 y los 35 grados durante todo el año.
Requisitos migratorios: Pasaporte o documento en regla.

Paseos: Excursiones en buggie de todo el día para cuatro personas: a laguna Paraíso; a Tatajuba. Cabalgatas o caminatas a Pedra Furada. Prácticas de windsurf y capoeira.

Compras: Todo lo que se ve en Jeri puede encontrarse también en Fortaleza, aunque los precios son similares. La variedad y calidad de las artesanías en hilo son orgullo nordestino. Tejidos al croché buenos y muy económicos. Es el lugar indicado para comprar redes o hamacas. Abundan las tallas de madera y las artesanías hechas en coco.

Comidas: Especialidades locales: desde un simple peixe frito com farofa (pescado frito con acompañamiento de harina de mandioca) hasta mariscos y peces grillados, horneados o en platos calientes tipo guisos (moquecas). Feijoada y carne de sol, comida típica de la región del Sertao. También hay pizzerías y restaurantes de cocina internacional.

Alojamiento: No hay grandes cadenas de hoteles, pero sí pequeños hoteles de lujo como el Mosquito Blue. 270 reales la habitación doble en temporada alta. También existe un buen número de posadas muy bien puestas y con todos los servicios.

CONSEJOS Y CURIOSIDADES

- En Jeri no hay bancos ni cajeros.

- Washington Post consideró a Jericoacoara una de las 10 playas más lindas del mundo.

- El tendido de red eléctrica llegó recién en 1998, reemplazando farolas a gas y motores diesel.

- El viento constante ubica a Jeri como uno de los mejores lugares del planeta para windsurfing y navegación.

- Si a la 2 AM aún está despierto, no se pierda la panadería del Señor Antônio Marques, un viejo pesquero que sirve un delicioso pan caliente, recién salido del horno de ladrillo. La panadería cierra
cuando se acaba el pan.

CONTACTOS

Códigos de área telefónicos: +55 88
Emergencias médicas:
Centro de salud. Tels.: 3669-1299/1132.
Policía: 190.
Secretaría de Turismo: Tel.: 3669-1133.
Internet: www.jericoacoara.tur.br

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