"¿No sería increíble tener hoy un video de tu tatarabuelo hablando a cámara? Bueno, esto busca ser exactamente lo mismo, pero para tu tataranieto". Con esa premisa, Alejandro Maly define la propuesta de valor de Documentales Familiares, un proyecto que empezó a madurar hace años pero que recién ahora encontró el viento a favor de la tecnología y el mercado para convertirse en un negocio viable.
Alejandro Maly viene del riñón de la producción audiovisual tradicional. Trabajó durante años haciendo cámara, editando para productoras y participando en proyectos artísticos. Sin embargo, admitir que tenía una gran idea y salir a venderla no fue un proceso sencillo, según confiesa Maly.
El punto de quiebre fue personal. Su padre, un reconocido actor y artista, falleció, y Alejandro decidió volcar su experiencia en hacer un documental sobre él. Al subir el material a Instagram este año, el feedback de la gente fue el empujón definitivo para animarse a comercializar el formato.
El factor tecnológico detrás de la viabilidad
¿Por qué ahora y no antes? La respuesta está en los costos y la portabilidad. "En los últimos años se volvió más económico producir. Los equipos hoy son más chicos, más livianos y hay millones de cámaras pequeñas que filman con calidad de cine sin ser abultadas ni caras", explica Maly. Esto cambió drásticamente la estructura de costos, permitiendo que una familia común pueda afrontar la inversión de una producción cinematográfica.
Para mantener la rentabilidad y una estructura operativa sumamente ágil, Alejandro viaja a las filmaciones (frecuentemente dentro de Buenos Aires, pero con total disponibilidad para trasladarse a provincias como Córdoba) con un equipo ultra reducido de solo dos personas. Esto tiene un doble propósito: por un lado, mantiene los costos fijos al mínimo; por el otro, cuida el clima íntimo de la casa de los clientes, evitando armar un set de filmación invasivo que intimide a los protagonistas.
Cómo funciona el servicio (y cuánto cuesta)
El proceso comercial y operativo está diseñado para demandar el menor esfuerzo posible de la familia:
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El primer contacto y la charla en el living: Hay una reunión detallada para conocer la historia y, fundamentalmente, visitar el espacio físico donde se va a rodar para generar confianza.
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La hoja de ruta: Con los datos de la familia, Alejandro arma un "guión guía" para estructurar los tiempos de la filmación.
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El rodaje y la digitalización: La filmación toma uno o dos días. En esa jornada, además de registrar los testimonios, la familia le entrega sus fotos analógicas en papel, las cuales el equipo se encarga de digitalizar para incorporarlas al montaje.
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Edición express: En unas dos semanas de postproducción, el documental está listo.
El producto final suele durar entre 40 minutos y una hora. Se entrega de manera doble: mediante un link de descarga digital y en un pendrive físico.
En cuanto a los números, el modelo más demandado es el documental sencillo, que se resuelve en una sola jornada de grabación entrevistando a una o dos personas. Este servicio base arranca en un valor de referencia de $ 1.900.000, y el presupuesto escala a partir de ahí si se suman más jornadas de filmación, viajes o más integrantes de la familia frente a cámara.
A diferencia de cualquier otra productora audiovisual que busca la masividad y la reproducción en plataformas públicas, el modelo de Documentales Familiares se basa en un pacto estricto de confidencialidad. "Son registros íntimos para cada familia. Yo no tengo autorización para subirlos a ninguna web, salvo que la familia quiera mostrarlo", aclara Alejandro, quien ya lleva producidos entre cinco o seis documentales y tiene varios más en lista de espera.
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