Debate que iguala a desiguales

(Por Pablo Esteban Dávila - Diario Alfil) La ley nivela las desigualdades surgidas de las urnas, lo cual es opinable desde el punto de vista democrático, cuando no del espectáculo. La organización dará los mismos minutos, idénticos planos televisivos y reglas equivalentes para todos los candidatos. Esto significa que el señor Fernández, dueño del 48% de los sufragios de las primarias, compartirá la misma lógica mediática que el señor Espert, quien apenas superó los dos puntos. Esto consagra una estrategia de partisanos en contra de los que detentan las mayores chances.

La misma ley que consagró el difícil engendro de las PASO también impuso la institución del debate presidencial al estilo de los Estados Unidos de América. Hasta la sanción de la 27.337, el debate era optativo y no oficial. Como tal, su organización se prestaba a cálculos electorales, análisis de oportunidades y debilidades y un sinfín de especulaciones. El resultado es que casi nunca los candidatos se veían las caras.


Todavía se recuerda cuando Carlos Menem decidió no debatir con Eduardo Angeloz en el programa “Tiempo Nuevo” que conducía Bernardo Neustadt en las vísperas de las presidenciales de 1989. Con astucia, el radical y el periodista dejaron vacía la silla que debía ocupar el riojano, interpelando en vivo al ausente de tanto en cuando. La “silla vacía” fue trending topic -aunque la expresión no se conociera así por entonces- durante un buen tiempo. Menem respondió con un corto publicitario que comenzaba diciendo en off que había muchas sillas vacías, y enumerando las que el radicalismo había dejado en tal estado durante sus seis años en el gobierno. Fue un verdadero hit derivado, precisamente, de un debate televisivo frustrado por uno de sus participantes.

Desde 2015 esto ya no es posible. Los presidenciables que pasan por el filtro de las PASO tienen el derecho y el deber de participar de un debate público entre todos. Será la segunda oportunidad en la historia argentina que lo hagan. La primera fue exactamente cuatro años atrás, en donde Daniel Scioli se perfilaba como el favorito, con un Mauricio Macri amenazándolo con un extraño mensaje de cambio.

Es imposible sostener hoy si aquel evento colaboró a que hubiera un ballotage y, con él, al triunfo del actual presidente. En rigor, probablemente haya contribuido mucho más con su causa la razonable performance electoral de Sergio Massa quién, distanciado del kirchnerismo y todavía dueño de cierto prestigio, se alzó con el 20% en la primera vuelta. Quedó la sensación que ningún buen debate reemplaza a una adecuada estructura política.

Esta orfandad de antecedentes similares, apenas uno digno de tal nombre, hace que cualquier análisis deba caer obligatoriamente en la categoría de especulación. ¿Qué resultará del que nos aprestamos a presenciar el venidero domingo? Es una verdad de Perogrullo sostener que primará la estrategia por sobre la emoción. Cualquier candidato sabe, y esto es especialmente cierto para Alberto Fernández y para Macri, que se paga muy caro el salirse de sus cabales. También es obligatorio asumir que todos, no solamente estos, intentarán que los que marchan adelante en las encuestas pisen las trampas cazabobos que el resto les arrojará dialécticamente. Esta certeza presagia una estudiada frialdad, la evitación de un golpe de nocaut por todos los medios al alcance.

La ley, en este punto, nivela las desigualdades surgidas de las urnas, lo cual es opinable desde el punto de vista democrático, cuando no del espectáculo. La organización dará los mismos minutos, idénticos planos televisivos y reglas equivalentes para todos los candidatos. Esto significa que el señor Fernández, dueño del 48% de los sufragios de las primarias, compartirá la misma lógica mediática que el señor Espert, quien apenas superó los dos puntos. Esto consagra una estrategia de partisanos en contra de los que detentan las mayores chances.

Es obvio que tal riesgo es conocido por los que marchan adelante y que, por tal razón, concentrarán su artillería en atacarse mutuamente, ignorando a los guerrilleros. Alberto mortificará a Macri por sus promesas incumplidas, algunas escandalosamente -piénsese en aquella de “pobreza cero”-, mientras que este le recordará su panquequismo respecto a CFK y la corrupción rampante del kirchnerismo que hoy lo acompaña. En este punto, y al decir de Schiaretti, los de afuera serán de palo.

Algún ingenuo podría argumentar que los debates están hechos para presentar propuestas y no para destrozarse mutuamente y, al menos desde el punto de vista institucional, le asistiría alguna razón. No obstante, esto no sucederá. La enumeración de las iniciativas programáticas induce a la audiencia al bostezo, mientras que las tendencias agonales, por el contrario, la aferran a sus dispositivos. Además, antes que ganar votos, los contendientes procurarán que sus rivales los pierdan, pescando luego en río revuelto.

La innegable existencia de estas pulsiones produce un efecto riesgo que los protagonistas intentarán minimizar sobre la tarima cuando llegue la hora, pero que también se desea evitar desde la organización aún antes de comenzar el evento. Esto hace que las reglas impuestas tengan la virtualidad de blindar sistémicamente cualquier ojeriza y evitar desvíos ingobernables. Desde esas premisas será complejo encontrar ganadores o perdedores netos aunque, como en cualquier acontecimiento humano, no pueda descartarse nada a priori.

Una sola cosa puede afirmarse con solvencia: quien más tiene que perder es el candidato del Frente de Todos. Con 17 puntos de ventaja sobre Macri es obvio que a Fernández le interesa muy poco el asunto. Participará porque es obligatorio, no porque le convenga. Sin embargo, es preciso recordar que tiene pasta de polemista, es dúctil con las palabras y de pensamiento rápido. No es un rival fácil, más allá de la contrariedad táctica que le produzca el tener que asistir.


Macri, quien por su posición institucional debería ejercer el rol que, se adivina, desplegará su principal adversario, se encuentra en una posición algo más cómoda debido a la paliza sufrida en las PASO y, como tal, con posibles tendencias a comportarse como un outsider antes que un presidente en funciones. En lugar de la defensa de su gestión, probablemente escoja exponer los males que le acecharán a la Argentina si Fernández y su neokirchnerismo regresaran al poder. De producirse este extremo sería una suerte de distopía relatada, extrañamente, por el responsable de la gran crisis que vive el país. Son las excentricidades de un país que no encuentra sosiego, y que tampoco lo encontrará el próximo domingo.

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