Realidad y relato en las movidas internacionales de Alberto

(Por Pablo Esteban Dávila - Diario Alfil) El discutible manejo de la agenda internacional ha sido el sello distintivo de los gobiernos kirchneristas. El de Alberto Fernández no es la excepción.

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Es probable que este déficit sea producto de la también reprobable tentación de considerar la agenda externa como una mera continuación de las decisiones de política interior cuando, en realidad, la experiencia de cualquier estado exitoso demuestra de que ambas son esferas con una recomendable autonomía, que requieren diferentes enfoques y distintos grados de mesura.

Durante las administraciones de Néstor y Cristina Kirchner la Argentina no disimuló su preferencia por regímenes populistas con dudosas credenciales republicanas. La deriva del régimen bolivariano en Venezuela hacia una dictadura a secas es el epítome más trágico de aquel pecado original. Simétricamente, se le dio la espalda tanto a los EE. UU. como a la Unión Europea, dejando bien en claro de que lado se encontraba Buenos Aires en el contexto internacional.

Luego de la gestión de Mauricio Macri, claramente en las antípodas de lo que había sucedido desde 2003 en adelante, Fernández ha regresado a las andanzas de sus mentores ideológicos, privilegiando el relato por sobre los reales intereses de la Nación. Prueba de ello es el reciente trato dispensado a Evo Morales quién, asilado en el país, fue acompañado por el propio presidente hasta La Quiaca, de modo tal de despedirlo a las puertas simbólicas de su regreso a Bolivia. Ni la Casa Rosada ni el Palacio San Martín repararon que, en su momento, el propio Morales había violado el estado de derecho al imponerse en una elección plagada de irregularidades y desconociendo la propia Constitución boliviana.

Esto podría ser anecdótico, en todo caso, si las reglas del asilo político se hubieran respetado. Como ya se afirmó en esta columna, esta sabia institución está diseñada precisamente para eso, esto es, para descomprimir situaciones potencialmente graves en el país de origen del asilado. Pero Morales incumplió holgadamente esta regla de oro y, con ello, tensó todavía más las ya difíciles relaciones con La Paz hasta la reciente victoria de Luis Arce, su correligionario en el MAS.

Fernández pareció en todo momento alentar este insólito orden de cosas que, entre otras cosas, motivó una inédita denuncia política de la presidenta Jeanine Áñez en contra de las interferencias del kirchnerismo en los asuntos internos de su país ante la Asamblea General de la ONU. Ahora no sólo que acompaña a Morales en lo que, imagina, es el retorno triunfal a su tierra, sino que ha asistido con particular entusiasmo a la jura de Luis Arce, el nuevo presidente boliviano, el domingo pasado.

Este último gesto no tendría nada de especial de no ser porque el presidente argentino no hubo de dispensarle mismo trato a su par uruguayo, el liberal Luis Lacalle Pou. Argumentando razones que, de tan pueriles, ya se han olvidado, Fernández pegó el faltazo en Montevideo a principios de marzo, desairando también al presidente Jair Bolsonaro quién, prudentemente, le había propuesto una reunión en territorio neutral para acordar una convivencia razonable y habida cuenta las diferencias existentes entre ambas administraciones.

No asistir a Montevideo, despreciar al Palacio del Planalto y viajar, sin embargo, a La Paz es una declaración ideológica en toda la regla, impropia en las relaciones internacionales. El presidente es libre de tener sus convicciones; sin embargo, estas no deben obnubilar su juicio allende las fronteras del país. Sus colegas de Brasil o de Uruguay pueden no gustarle, pero esto no modifica el hecho de que la Argentina tiene lazos comerciales con aquellos mucho más fuertes que con Bolivia y que sostener la frialdad del presente en nada contribuye a los intereses nacionales.

Este fulbito para la tribuna, que tanto daño ocasiona a la credibilidad argentina, se extiende también a otros ámbitos internacionales, aunque con mayores dosis de cinismo. Dejando de lado las lamentables piruetas respecto al dictador Nicolás Maduro, el gobierno trata de mostrarse ante el FMI (un organismo multilateral de créditos) con la misma vara populista en contra de la detestada ortodoxia de los conducidos por Kristalina Georgieva. No obstante, y a diferencia de los desaires ante Brasil y Uruguay, los cacareos del Frente de Todos ante el Fondo Monetario son solo declamaciones.

Esto deja en claro que existe una buena distancia entre el relato y la realidad en las movidas internacionales de Alberto y sus colaboradores. Así, mientras que Santiago Cafiero sostiene que no hay margen para ningún ajuste y que el gobierno no se comprometerá con nada que se le parezca, el proyecto de ley para la actualización de jubilaciones que se ha conocido promete dejar a los pasivos nacionales muchos cuerpos detrás de la inflación. Además, el presupuesto elaborado por Martín Guzmán es cualquier cosa menos que expansivo, lo cual sugiere que el Ministerio de Economía está dispuesto a hacerse de un colchón de recursos para que el FMI se convenza de que, al final, sus acreencias le serán honradas.

Es indisimulable que cerrar un acuerdo largo con el Fondo es prioridad absoluta para el gobierno, más allá de sus alardes contestatarios. Si lo logra, buscará quitarle presión al dólar para los próximos dos años, toda vez que podrá patear vencimientos institucionales durante buena parte del período de Fernández y del mismo modo que logró hacerlo con los acreedores externos a comienzos de agosto. El hecho de que la variable de ajuste lo sean los jubilados contradice la epopeya justiciera que, se decía, el kirchnerismo pretendía reinstaurar en el país. También lo hace la entusiasta recepción que se la ha brindado a la misión arribada ayer a Buenos Aires desde Washington.

¿Hay algo de fondo en todo esto? Definitivamente no. Tanto en la relación con los países vecinos como con la que se pretende establecer con el FMI existen solo transacciones simbólicas que atienden al corto plazo, sin asomarse más allá de la línea del horizonte. Lejos de atacar la esencia del problema fiscal del que adolece la Argentina, el gobierno insiste en remendar un orden de cosas que ya ha mostrado sus límites, aplacando el dólar para contener expectativas populares irremediablemente dañadas. Tal vez la especie conocida ayer sobre que se avanzaría en la estatización del Parque de la Costa (un parque de diversiones situado en el Tigre bonaerense) desnude con mejor precisión que cualquier otro ejemplo la falta de rumbo -o la elección deliberada de uno equivocado- del presidente y su equipo.

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