Un discurso particularista, pero alejado de cualquier ruptura

(Por Pablo Esteban Dávila - Diario Alfil) Si algo dejó en claro el discurso del gobernador ayer ante la legislatura provincial es que no hay espacio para el triunfalismo. Sus palabras dejaron traslucir que el cordobesismo continúa vivo, aunque sin la asertividad de otros tiempos ni, mucho menos, deseos de extrapolarse mucho más allá de los límites de la jurisdicción, con fue en su momento el deseo de José Manuel de la Sota. Dicho sea en otros términos: se trató de esbozar un programa condicionado por la coyuntura y de articular una defensa de lo actuado sobre la base de la existencia de un particularismo mediterráneo. No le llevó mucho tiempo hacerlo: apenas 27 minutos, el discurso más breve de un gobernador desde que De la Sota asumiera por vez primera en 1998, anunciando el decreto que rebajaba el 30% los impuestos provinciales conforme su compromiso de campaña.

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Una parte importante de este particularismo fue la referencia a la pandemia. Schiaretti procuró dejar en claro que la provincia desplegó una estrategia sui generis al respecto y que esta resultó exitosa. Exageraciones al margen, es difícil contradecir esta afirmación. Córdoba (probablemente junto a Mendoza) inició una serie de liberalizaciones a partir de mayo del año pasado y, salvo algunas excepciones territoriales, nunca las detuvo, a diferencia de lo ocurrido en, por ejemplo, la provincia de Buenos Aires. Además, las camas críticas nunca estuvieron aquí al borde de la saturación, ni tampoco ningún funcionario hizo las veces de profeta del apocalipsis, como sí ocurrió con Daniel Gollán y Nicolás Kreplak, ministro y vice de salud de Axel Kicillof respectivamente. Fue una forma sutil, no obstante que innegable, de diferenciarse de lo más representativo del pensamiento kirchnerista sobre cómo enfrentar al coronavirus.

El anuncio de que la provincia saldrá a adquirir vacunas, tan pronto los laboratorios se encuentren en condiciones de vendérselas, se inscribe también dentro de este talante. Son obvias las dificultades del gobierno nacional por hacerse de dosis significativas y resulta innegable que su programa de inoculación avanza a cuentagotas. Al igual que el presidente, el gobernador sabe que sin vacunas la política se hará cuesta arriba en este año electoral pero, a diferencia de aquel, cree que las cosas podrían haberse hecho mejor de lo que se vienen haciendo. No lo dirá, por supuesto, pero asegurar que saldrá a comprarlas es una forma de mojar la oreja al ministerio que conduce Ginés González García y, por traslación, al propio Alberto Fernández.

Desde ya que no es una idea peregrina. Por el contrario, debería ser la regla, esto es, que cualquiera con el dinero suficiente (gobiernos y obras sociales) pudieran adquirirlas allí donde las consiguieran. De hecho hay muchos países, como el izquierdista México, que ya han anunciado que los particulares podrán comprarlas en las farmacias y que no existirán restricciones para adquirirlas.
No obstante, la “compra libertaria” de vacunas contradice la vocación centralista del Frente de Todos, enamorado como lo está del monopolio estatal en cualquier ámbito que sea. Además, son palmarias las intenciones de Fernández por hacer de la vacunación una gran gesta patriótica, tal como se ha visto con los ineficientes vuelos de Aerolíneas Argentinas a Moscú, utilizando aviones de pasajeros en lugar de contratar aeronaves cargueras, mucho más económicas en términos operativos. Tampoco escapa a esta certidumbre la oferta sanitaria de La Cámpora (de alguna forma hay que denominarla) consistente en anotar a los interesados en recibir a la Sputnik V en sus locales partidarios del conurbano bonaerense.

Esto, de por sí, no alcanza para ser calificado de rebeldía, pero sí es una señal de que Córdoba mantiene una agenda nominalmente propia y pese a que el gobierno nacional no le ha dispensado, hasta ahora, la enemistad tan típica de los dos mandatos de Cristina Fernández. Es indudable que Schiaretti continúa hablando para su electorado el que, como se sabe, se integra por muchas personas totalmente adversas a Alberto y a su vice.

Otro aspecto para destacar de su mensaje legislativo fue la insistencia del gobernador en enumerar obras que habrán de iniciarse o concluirse durante el año. Es obvio que no podrán equipararse a las que hubieron de ejecutarse hasta 2019, pero el recurso a la política del cemento es una de sus debilidades. Sin dudas no concibe la gestión pública sin el mejoramiento o la expansión de la infraestructura, ni se siente cómodo con discursos que no contemplen una buena dosis de inauguraciones significativas. Debido a que la pandemia puso un freno inevitable a esta compulsión, Schiaretti se propone retomarla en los próximos meses.

Cualquier programa de obras públicas requiere de recursos y estos suponen, por su parte, diferentes fuentes de financiamiento. De entre la panoplia de posibilidades siempre destacan, como se adivina, aquellas apalancada en dólares. Al igual que el resto del país, Córdoba estuvo complicada en materia de cumplimiento de sus servicios de deuda externa a raíz de la crisis. Esto la obligó a buscar un acuerdo con sus acreedores cerrado in límite, cuando muchos suponían que no habría fumata blanca y que el Centro Cívico caería en la inevitable cesación de pagos. Este “triunfo” fue previsiblemente señalado por el gobernador, asegurando que nunca estuvo en discusión que la jurisdicción honraría sus compromisos y que la reestructuración que se ejecutó tuvo por destino el otorgar mayor previsibilidad a las finanzas provinciales de cara a los próximos años.

¿No es esta otra sutil diferenciación con las políticas que prescribe Martín Guzmán para el resto de las provincias? No es un secreto que el ministro de economía prefiere que haya defaults de baja intensidad para luego negociar con mejor poder de fuego. La administración Kicillof sigue al pie de la letra esta directiva. Sin embargo, el cordobés jamás contempló esta posibilidad, seguramente por el temor a generar un efecto dominó sobre el sector privado culpa de un hipotético incumplimiento. Tal cosa no se le habría perdonado fácilmente.

La seguridad de que gobierna una provincia productiva (son sus palabras) lo mueve a pensar en parte como un productor agropecuario o como un empresario. El default no es una palabra bienvenida ni en campos ni en fábricas, así como tampoco lo es la pereza o la ineficiencia en el gasto público. La imagen que Schiaretti tiene de la jurisdicción no es muy diferente a la del promedio: una sociedad relativamente próspera, orgullosa de su identidad y con una declarada cultura del trabajo, muy diferente al imaginario que campea en otras regiones del país. Su discurso también dio cuenta de esta característica, dando a entender que no hará nada -o que tampoco consentirá ninguna acción- que perjudique esta matriz identitaria.

En definitiva, se trataron de palabras respetuosas de la idiosincrasia tan característica de la provincia pero sin ningún ánimo de ruptura política. Una agenda propia, reconocible por cualquiera, con los límites que impone la realidad y, debe decírselo, también por un presidente que intenta, aunque hasta ahora no haya podido lograrlo, ganar al gobernador para su causa.

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