Menem logró un inédito país de estabilidades gemelas

(Por Mauricio Bossa - Diario Alfil) La ciencia política descansa, en buena medida, sobre la política comparada. Los paradigmas teóricos son imprescindibles, desde luego, pero, en el fondo, todo debe ser cotejado con lo que sucede en la realidad. De allí que el método científico se aplique, en aquella, sobre los resultados obtenidos por la gestión del poder político antes que por las intenciones de quienes les ha tocado el turno de ejercerlo o por sus meras orientaciones ideológicas.

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Esto debe ser especialmente tenido en cuenta al momento de analizar la década en la que Carlos Menem gobernó la Argentina. Para muchos, en la actualidad y a la distancia, resulta más cómodo adherir a las diferentes leyendas negras que se gestaron sobre el expresidente, pero las leyendas no siempre tienen que ver con los hechos. Además, y debido precisamente a su carácter mitológico, las ficciones suelen simplificar acontecimientos complejos que merecen mejores narradores.

A diferencia de, por ejemplo, Néstor Kirchner, Menem fue un hacedor de sus propias oportunidades, un self made man, como gustan decir los estadounidenses. Fue tres veces gobernador de La Rioja sin otro padrino que su propio carisma y, al momento de asumir la presidencia de la Nación en 1989, le tocó gobernar sin ningún viento de cola o de precios récord de commodities agropecuarias. Previamente se las había arreglado para vencer al candidato de la renovación peronista, Antonio Cafiero, en las últimas elecciones internas dignas de tal nombre que tuvo el partido justicialista hasta el presente.

Cuando asumió el poder el país estaba en una crisis económica sin parangón en su historia. Raúl Alfonsín le había entregado el mando seis meses antes de que expirara su mandato, impotente para controlar la crisis. La hiperinflación argentina batía todos los récords mundiales: más de tres mil por ciento anualizada a mediados de 1989. Los saqueos estaban a la orden del día. La tarea para el riojano parecía imposible.

Y, sin embargo, lo logró. La inflación en 1992 fue de 84 puntos, en tanto que, para 1994 el índice de precios al consumidor arrojó un increíble 3.9%. Su éxito económico se basó en una serie de medidas audaces y que, para los lectores menos sofisticados del peronismo, parecían verdaderas herejías políticas. Así, fueron privatizados la práctica totalidad de los servicios y empresas públicas, incluyendo las siempre deficitarias cajas jubilatorias. Se desreguló la actividad económica y se liberalizaron múltiples actividades, lo cual trajo aparejado un auténtico aluvión de inversiones. Según Jorge Castro, “entre 1991 y 1998 el PBI creció un 57%, mientras que, en la década anterior, se había contraído el 8.5%”. Las inversiones (buena parte de ellas extranjeras) totalizaron cerca de 100 mil millones de dólares y por muchos años la Argentina fue uno de los países que mayor tasa de crecimiento tuvo después de China. En un lapso relativamente corto el país obtuvo el autoabastecimiento energético, quebrando una antigua maldición que venía desde los tiempos de Perón.

Menem supo transformar radicalmente la economía porque, ante todo, fue un agudo observador de la política internacional. Advirtió los profundos cambios que habían generado las administraciones de Margaret Thatcher en Gran Bretaña y de Ronald Reagan en los Estados Unidos y del éxito que habían tenido en revitalizar sus economías. A los cuatro meses de asumir su mandato, la caída -tan incruenta como inesperada- del Muro de Berlín, certificó que aquella era la dirección correcta. Por tal motivo no dudó en sumarse a la coalición internacional que participó de la primera Guerra del Golfo, integrando unidades de la Armada Argentina en la fuerza expedicionaria contra Saddam Hussein e iniciando un camino de cooperación militar en múltiples lugares del mundo, siempre bajo el paraguas de las Naciones Unidas.

El presidente George H. Bush quedó impresionado con su colega argentino. Cuentan que en su primera visita de Estado en septiembre de 1989, Menem arribó a Washington con gran ánimo pese a que la situación argentina continuaba siendo más que precaria. Tan pronto hubo de saludar a su anfitrión, el argentino le preguntó “que podía hacer por usted”, como si no tuviera suficientes problemas en la lejana Buenos Aires como preocuparse por otros ajenos a su administración. Bush comprendió que no era otro de los clásicos mandatarios latinoamericanos que sólo atinaban a solicitar auxilios y favores varios tan pronto eran recibidos en la Casa Blanca. Nació entre ellos una genuina amistad que luego se trasladó, con gran naturalidad, hacia el demócrata Bill Clinton.

La sociedad entre Argentina y los Estados Unidos fue resumida por la expresión “relaciones carnales”, una pícara y astuta definición de política exterior urdida por Guido Di Tella, excanciller y hombre clave en los dos gobiernos de Menem. El país sacó un gran provecho de aquel estatus quo. Desde ser designado Aliado extra-OTAN hasta transformarse en un interlocutor mundial de primera clase a despecho de su condición de mediana potencia.

Las relaciones carnales fueron complementadas con otra fórmula admirable, de autoría del inolvidable politólogo Carlos Escudé: “realismo periférico”. Conforme esta visión, el país debía llevar una política internacional alejada de los tradicionales cánones ideológicos, apalancándose en los países más importantes para llevar a cabo sus objetivos nacionales. Gracias a tal enfoque, la Argentina pudo terminar con todos los problemas limítrofes con Chile, consolidar el Mercosur y mantener un diálogo positivo con Cuba pese a que Menem nunca dejó de calificar al gobierno cubano de lo que era: una dictadura comunista.

Existe cierta corriente de pensamiento que reconoce los logros del riojano en la economía y en las relaciones internacionales, pero que tiende a soslayar aquellos obtenidos en el plano institucional. Como ejemplos se citan, a menudo, la famosa “mayoría automática” en la Corte Suprema y los intentos, no siempre larvados, de obtener un tercer mandato, popularizados como la “re-re”. Sin embargo, parecen aspectos menores en comparación de ciertos hitos que, al menos para quienes fatigan la historia, parecen monumentales.

Uno de ellos es la definitiva preeminencia del poder civil sobre el militar. En 2021 esto parece una obviedad absoluta, pero, para entonces, no lo era en absoluto. Alfonsín había sufrido alzamientos de los denominados carapintadas, quienes le habían arrancado concesiones pese a que el pueblo mostró en las calles su unánime respaldo al radical en la semana santa de 1987. A Menem le llegaría el turno a comienzos de diciembre de 1990, cuando una importante cantidad de sublevados tomaron la sede del ejército y amenazaron directamente a la Casa Rosada. Sin embargo, y a diferencia de anteriores ocasiones, el presidente ordenó la represión y las propias unidades del ejército redujeron a sangre y fuego a sus camaradas. Fue la última asonada militar que hubo en el país.

Otro aspecto para destacar fue la convicción de Menem de que debía cultivarse un estilo político basado en el respeto y la paz. El Pacto de Olivos, tantas veces incomprendido, fue la ópera prima de aquella convicción, compartida también por Alfonsín. Fue el último acuerdo político de magnitud que tuvo la Argentina y que dio luz a una reforma constitucional que, a diferencia de las anteriores, no estuvo precedida ni por amenazas ni por el resultado de las armas.

Claro que durante sus mandatos hubo polémicas y enfrentamientos ideológicos, pero nunca descendieron a niveles irreconciliables, muy lejos de las grietas del kirchnerismo. Aun los indultos a militares y guerrilleros -con los que el autor no estuvo de acuerdo- estuvieron animados por estos propósitos. Menem, vale recordar, había sido preso de la dictadura por cinco largos años y, de una manera muy concreta, sentía que tenía la autoridad moral para pacificar al país mediante esta herramienta constitucional. Por diferentes factores (y también por el “descubrimiento” de los Derechos Humanos por parte del matrimonio Kirchner) esta política no pudo consolidarse.

Claro que no todas fueron rosas. El segundo mandato se empantanó sin poder reducir el déficit fiscal, clave para mantener intangible el régimen de convertibilidad. Las feroces cicatrices dejadas por los atentados de Hezbolá en contra de la embajada de Israel y la AMIA despertaron múltiples conjeturas, al igual que la explosiones en la Fábrica Militar de Río Tercero. Además, las sospechas de que buscaba un tercer mandato lo malquistaron con buena parte del peronismo que, encabezado por Eduardo Duhalde, comenzaba a hablar abiertamente del final de la política del uno a uno. “La convertibilidad ha muerto por exitosa”, decía por entonces crípticamente el gobernador de Buenos Aires, una sentencia que en aquel momento no fue apreciada en su justa dimensión.

Fernando de la Rúa, por el contrario, se propuso ser un Menem prolijo y, a juzgar por su triunfo en octubre de 1999, amplias capas de la población aprobaron este propósito. Era la proyección supra justicialista de las políticas implementadas a comienzos de la década. Pero el experimento de un menemismo sin Menem no funcionó de la forma en que la Alianza lo había previsto y su debacle en diciembre de 2001 empañó por mucho tiempo una época que marcó al país y que tuvo ambiciosas metas nacionales.

Por eso, a más de treinta años del primer mandato del riojano y luego de su fallecimiento, es necesario recurrir a la política comparada para, al menos, hacer un balance provisorio de sus gobiernos y de su estilo político. Por ello, forzoso es concluir que, desde 1983 a la fecha, todo le va en zaga. El período de cotejo podría extenderse, asimismo, a muchas década atrás; el resultado sería parecido. Solo en los años de Julio Argentino Roca podrían encontrase transformaciones tan profundas y disruptivas.

Los hechos son bastante categóricos. De la Rúa no pudo terminar su mandato, Duhalde fue prisionero de su propio compromiso de provisoriedad, Kirchner dilapidó una oportunidad histórica que el mundo le brindó sin que hubiera hecho nada para merecerlo, Cristina consolidó el populismo y Macri no pudo o no supo desmantelar el orden de cosas impuesto desde 2003. Actualmente la pobreza supera con creces a los ratios de los noventa, la inflación ha regresado en forma endémica, los atrasos tarifarios están a la orden del día y el PBI per cápita se acerca al África. La economía, asimismo, se hunde con excesos de regulaciones y la Argentina ha vuelto a ser un actor de reparto en el concierto de las naciones, algo que la aleja de cualquier expectativa de inversiones extranjeras directas. Los planes sociales, que hasta 2002 no existían, hoy colonizan mentes y cuerpos de vastos sectores sociales, especialmente en el conurbano bonaerense. Ya ha pasado demasiado tiempo para culpar a Menem de estos sinsabores.

Entre 1990 y 1999 los argentinos dieron por sentado, por primera vez desde 1943, que tanto la estabilidad política como la económica estaban garantizadas. Los hechos y gobiernos posteriores desmantelaron aquellas seguridades gemelas. Solo cuando otro presidente logre reimplantarlas podrá alguien disputar al riojano el atributo de Estadista que, por estas horas, muchos le reconocen a viva voz o en un respetuoso silencio.

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